
Después de jugar con sus cartas solitariamente, miró hacia el suelo, como quien contempla un paisaje infinito. Acomodó su gorro de lana azul con su mano derecha, mientras que su izquierda, la del corazón tocado, tendida sobre la mesa, apenas si daba algunos reflejos de vida desafiando a la aguja del suero. Estaba sentado en su cama. Las piernas le colgaban como un columpio solitario a la espera de algun niño. No combino juego con la baraja y eso le provoco cierto disgusto, sus facciones se contrajeron tensas y como vencido en la partida, busco una posicion recostada. Tal vez no estaba preparado para otra derrota. Despues de un buen rato de inmovilismo casi fetal, tejio un puente infinito entre sus pensamientos (algun recuerdo?) y su presente hospitalario. Giró su cabeza lentamente buscando un tenue reflejo de luz del mediodía que se abría paso entre la cortinas floridas de color pastel. Otra vez busco con su mirada pausada otro estímulo, una televisión muda que pende como una teleraña desde el techo de su habitación. Nadie ha venido a verle en toda la mañana y su soledad se ha transformado con el paso de las horas, tal vez de los días o meses, en una compañera inseparable y dolorosa. Me ve observándole cuando se incorpora de la cama. Solo unos metros nos separan entre la pared que esta frente a la puerta de su habitación y el pasillo que recorre decenas o cientos de otras habitaciones del gigantesco Hospital de Veteranos de Miami. Su mano derecha impulsa su débil y abatido cuerpo y, cuando sus pies ya tocan tierra, vuelve a posicionar su gorra de lana azul cual si fuese aquel casco de combate y se desliza poco a poco entre las trincheras del material médico. Esta vez no hay balas, ni granadas. La muerte tiene otra forma y viaja a otra velocidad. Camina hacia la puerta lentamente, arrastrando cada paso, cada pie y todo el peso de su cuerpo estremecido y cansado. Estuve a un punto de mover mi cabeza, como señal de saludo. No lo hice y espere descubrir en sus ojos la inquietud que le generaba mi cuerpo sentado en el suelo del pasillo y mi mano escribiendo sin parar en mi cuaderno negro de notas. Bostezó con un sonido que pudo confundirse con el del alma en queja. Observó hacia los laterales y, entre el ir y venir de médicos y enfermeras, su mano izquierda se apoyó en el mástil desde donde pende el suero. La derecha busca en uno de sus bolsillos algún recuerdo, alguna anécdota, alguna presencia que le suponga familiar y le permita escapar aunque sea solo un instante hacia algún paraíso lejano. Alguien se acerca desde el lejano ascensor. Los dos giramos nuestras cabezas casi al unísono. Se vuelven a cruzar nuestras miradas fugazmente. La mía preguntándole y la suya diciéndome. Me rozó apenas con su ojo derecho y eso bastó para darme cuenta que aquella persona de paso cansino y seguro, había sido y es la mujer con quien aun vibra. Lo supe cuando sus labios dibujaron una escueta pero infinita sonrisa de satisfacción. Aquí acaba este pequeño relato de la 5ta. planta del Hospital de Veteranos de Miami. Tu estabas al costado de tu padre, los dos en silencio. El se quito la gorra, como quien hace un acto de respeto, le miro y suspiro un "hello". Una bella tarde está a punto de amanecer y se prolongará como su mano hasta la de ella, como sus labios hasta los labios de ese amor que aun respira y se respira, a pesar de que la muerte haya llamado a la puerta.
c. 4 y.
c. 4 y.
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