
Desconocía completamente muchas cosas. Anduvo y anduvo de aquí para allá buscando. Tratando de encontrar respuestas a tantos interrogantes. Se detuvo después de la larga mañana y comprendió que su cuerpo le reclamaba una pausa. En esos momentos, la vida se había transformado en su valor más preciado. Por ello, se repitió una vez más esa pregunta, la misma que desde años le acompaña, imperativa y contradictoria, mientras daba la penúltima calada antes de arrojar, como es su costumbre: dedo índice y pulgar derecho impulsan el cigarrillo a un inifinito pero cercano lugar. Su mirada acompañó al tabaco haciendo malabares, mientras dos intensos y cotidianos ruidos, el de un avión y el metro aéreo de Miami, le supusieron una forma de quebrar la pausa y salir hacia alguna parte. Entonces fue cuando Jack se cruzó entre la línea indefinida trazada desde donde había perdido su mirada y sus ojos.
Una silla de ruedas con algo menos de grasa en sus ruedas que lo frecuente, acompasaba el lento movimiento del veterano. Jack había combatido en Vietnam y una gorra negra, con orgullosas letras amarillas describían su pasado próximo de aquella convulsionada década de los '70.
Sus manos enfundadas en guantes sin dedos, le daban un aspecto deportivo, aunque ciertamente, cualquier otra parte de su humanidad estaba muy lejos de aparentarlo.
Me bastó un gesto de su cabeza y su mano izquierda para comprender su reclamo. Mientras hurgaba en mi camisa y en el paquete para sacar un cigarrillo, Jack me observaba como quien contempla un paisaje. Sabía que no era americano, por eso se valió quizá del mismo recurso que pudo haber utilizado aquel primer día que pisó Vietnam.
En otro ademán y un "ligth" apenas susurrado, me pidió fuego. Y como si de un eco se tratara, le traduje su pregunta a su idioma. Jack esbozó una sonrisa y deslizó un "yes" prolongado, así como la primera calada y el siguiente silencio entre nosotros.
Con un movimiento suave de su mano derecha, giró unos centímetros hasta posicionar la silla, como la prolongación de ese banco de plaza donde yo estaba sentado.
El paisaje de nuestro entorno no era maravilloso, seguramente, pero ambos coincidimos en perdernos en las gigantescas nubes que oscurecían la tarde.
Apenas algunas gotas aisladas, anunciaban que aquel encuentro, al igual que los cinco días anteriores, no duraría mucho tiempo.
Jack y yo, salíamos a respirar el aire que traía la brisa fresca de los Cayos.
"Habrás matado mucha gente, Jack, en nombre de la libertad?" retumbó en mis pensamientos.
"Eso es lo que aún no he podido contestarme", me respondió con un suave movimiento de su mejilla.
"Y porqué estás aquí, Jack", me y le pregunte.
La respuesta no fue inmediata. La lluvia estaba por serlo. El cigarrillo tocaba prácticamente el filtro, y tanto Jack como yo, sabíamos que ese era el perfecto reloj y a su vez el hilo que nos unía a aquel banco de cemento por las tardes.
Nuestras miradas no se había vuelto a cruzar. Jack guardaba silencio a mi única pregunta.
Presentí que el trueno sentenció el final de su tarde fuera del Hospital y nuestro encuentro.
Como quien se prepara para un largo viaje,, acomodó su cuerpo entumecido, mientras la colilla casi quemaba sus labios. Movió la silla con destreza y como quien desenfunda un arma automática, sus ojos azules se clavaron en los míos.
Me dijo que tenía una bala, una bala muy grande e invisible. Que ningún médico, cirujano y tratamiento habían podido quitarle. Que no la encuentran porque él no había querido que se viera. Una bala llamada DOLOR, que se había incrustado en su alma hace mas de treinta años y que definitivamente le hizo comprender que: la condición humana está mucho más allá del bien y del mal. Jack tiene que fumarse cada cigarrillo fuera del Hospital de Veteranos de Miami, uno por la mañana, dos o tres por la tarde, dependiendo de la compañía o las ganas, porque fumar es perjudicial para la salud.
"Matar también", me dijo Jack cuando se marchaba lentamente hacia la rampa de acceso.
c.4 y.
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