
Es de noche y los pasillos del gran Hospital respiran soledad. Todos los veteranos están en sus habitaciones, en sus camas, esperando que esa nueva noche sea más corta que la anterior.
Desde el piso 12 hasta la planta baja, la penunbra cubre como un manto estelar, y un soberbio silencio se adueña hasta el próximo parpadeo sonoro de la alarma del suero, o de un respirador, o de un telefono lejano.
En la entrada, en la planta baja, unos seis o siete, alternamos con vasos de refrescos y cigarrillos en mano. Es de noche en la ciudad de las oportunidades, en la city más latina de los EEUU y la humedad del caribe nos envuelve a todos, cómplices del ritual.
De tanto en tanto, una luna creciente nos observa y testifica, entre grandes nubes, que la noche había salido a buscar la madrugada. La lluvia de la tarde aun resbalaba en el asfalto transformado en espejo del alma ciudadana y las luces podían verse en él disfrazadas de estrellas.
Sin ninguna prisa me fui acercando a los ascensores donde una voz automática y yo dialogamos apenas segundos. Ya en la planta 12, mirando a un y otro lado del gran pasillo central, comprendi que la ausencia era la única protagonista. Algo se movió alli, si alli, donde el recodo del pasillo que lleva a la habitación del veterano Jack se ramifica como esa misma arteria de su corazón combatiente, alguna vez de Vietnam, hoy dándole batalla a la parca parca.
Pude verle? Pude percibirle? sentirle? Fue como una cometa ágil, sacudida por una ráfaga de viento, disparada por la brisa intensa del mar o por el fusil de un vietcong aún sin descanso.
Pensé en él, lo imaginé en aquellos remotos lugares, con sus dos luceros azules buscando entre los árboles o bajo una tupida mata de la selva. Y recordé Irak, Panamá y Granada. Y repasé el desembarco de Normandía y de los tantos y tantos cientos de miles de almas de soldados estadounidenses desparramadas por el planeta.
Caminé despacio hasta la habitación de Jack, la puerta estaba entreabierta y unas tibias luces de los aparatos médicos me permitieron dibujar su figura. Estirado pero no cuerpo a tierra, inmóvil como si un enemigo rondara con sigilo. A su lado, su mujer? y la esperanza de salir de allí un día, como aquel de 1973, con la misma gloria que le dió estar vivo y poder contarla.
Pasaron unos cuantos días desde estos últimos renglones.. Ya en Atlanta, en la sala de embarque, cientos de jóvenes impecablemente uniformados, cientos de Marines esperaban su vuelo hacia...Irak tal vez? La gente les aplaudió a su paso, otros miraban con la misma pena que se mira a la vacas camino al matadero. Recorde a Jack, lo imaginé y proyecté con aquel soldado que estaba sentado en diagonal a mí junto a las ventanas. Le ví cargado de bultos de combate, cargado de ansiedad y de patriotismo, de incertidumbre y tristeza, de emoción y camaradería. Pero también pude imaginar a ese soldado en el desierto o la planta 12 del Hospital desafiando a la muerte.
c.4 y.

